Ermita del Padre Jesús
Esta ermita guarda una curiosa historia de cambio de identidad. Aunque hoy todos la conocen como la casa del Padre Jesús, nació en el siglo XVIII bajo la protección de Santa Ana. Fue la fuerza y devoción de la Cofradía de Jesús Nazareno la que terminó por reescribir su nombre y su historia.
Exteriormente, el edificio invita a la calma con su sencilla fachada adintelada, rematada por una humilde espadaña que sostiene una campanilla. Sin embargo, esta austeridad es un preámbulo engañoso. Al cruzar el umbral, el visitante se encuentra con un espacio que vibra con la estética del siglo XVII. La zona del presbiterio atrapa la mirada gracias a una cúpula sobre pechinas decorada con yeserías abultadas, un recurso artístico que añade volumen y dramatismo al espacio.
Pero el verdadero espectáculo cromático está en su retablo. Elaborado en yeso, es una explosión de tonos ocres, rojos y azules que contrasta vivamente con la cal blanca de los muros. Este altar custodia tesoros como las pinturas de San Miguel y San Dionisio, y una reliquia singular: la Cruz del Nazareno, una pieza de 1885 realizada en noble caoba y rematada con cantos de plata.
El alma del templo, no obstante, es la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Esta talla de vestir, de madera policromada al óleo, representa a Jesús con la cruz a cuestas y es, sin duda, una de las esculturas que más devoción despierta entre los villafranqueños, siendo el centro emocional de este rincón sagrado.


