Estatua de Luis Pérez Ponce
Imaginemos por un momento el año 1704. En una sociedad donde la educación era un privilegio escaso y casi vetado para la mujer, un sacerdote nacido en Villafranca tuvo la audacia de romper los esquemas.
Luis Pérez Ponce (1666-1721) no fue un clérigo más. Formado bajo la tutela del cardenal Salazar en Córdoba y tras ejercer en Aldea del Río, regresó a su villa natal en 1712 con un propósito firme: combatir la ignorancia. Su legado más valioso no fueron piedras ni templos, sino una idea revolucionaria: la fundación del Colegio de Jesús, María y José.
Lo verdaderamente extraordinario de su obra reside en sus estatutos, documentos que hoy leeríamos como manifiestos de igualdad. Pérez Ponce estableció una escuela pública, gratuita y para niñas. Sus normas eran tajantes y humanistas: prohibió estrictamente los castigos físicos («ofensas»), algo inaudito en la pedagogía de la época, donde la letra «con sangre entraba».
Su visión era inclusiva: «podrá entrar cualquier mujer que quisiere ser enseñada», rezaban sus escritos. El único requisito era tener más de cuatro años y salud. Allí se enseñaba doctrina, pero también a leer, coser y labores, adaptando los niveles a la capacidad de cada alumna. Pérez Ponce no solo educó; dignificó a la mujer en una época oscura, dejando una huella de luz que traspasó las fronteras locales y marcó un hito en la historia educativa de Córdoba.


