Puente de Hierro del Guadalquivir
Más que una estructura de ingeniería, el Puente de Hierro es el gran anfitrión de Villafranca. Es lo primero que saluda al visitante y la imagen que los locales guardan en la retina cuando piensan en su hogar.
Su historia es la del progreso industrial de principios del siglo XX. Construido para soportar el peso de las mercancías necesarias para levantar el Embalse de Guadalmellato, este coloso de metal vino a jubilar a las antiguas y románticas barcazas que, durante siglos, habían cruzado el Guadalquivir de orilla a orilla. Fue la arteria vital que conectó personas y productos con la modernidad.
Hoy, liberado ya de la pesada carga del tráfico rodado, el puente ha vivido una segunda juventud como paseo peatonal. Es un lugar para la calma, para sentir la brisa del río y disfrutar de las vistas. Pero su encanto reside en su dualidad cromática: durante el día, su imponente estructura roja destaca con fuerza sobre el paisaje verde y azul del río; al caer la noche, se transforma bajo una iluminación azul que dibuja su silueta en la oscuridad, convirtiéndolo en el protagonista indiscutible de la fotografía nocturna local.
Caminar sobre sus tablas es caminar sobre la historia viva del municipio, un nexo de unión entre el pasado laborioso y el presente turístico de Villafranca.


