Torre y Ermita de San Miguel
Más que un monumento aislado, este conjunto es un puzle arquitectónico que narra la historia del pueblo. Se alza sobre el «fantasma» de la antigua parroquia de Santa Marina, un templo del siglo XIV cuyos restos sirven hoy de cimiento a lo que vemos.
La arquitectura del lugar es un fascinante diálogo entre épocas. La base es puramente gótico-mudéjar, pero los siglos XVII y XVIII trajeron una renovación estética que vistió al edificio con la elegancia del renacimiento y la exuberancia del barroco. Es un edificio que no se conformó con un solo estilo, sino que evolucionó con el gusto de sus feligreses.
Al observar la nave occidental, se percibe este contraste de forma magistral. Por un lado, una bóveda de crucería ojival de piedra nos habla de su pasado medieval sobrio; por otro, una cúpula de ladrillo añadida en el siglo XVII rompe esa austeridad con angelotes de yeso policromado y casetones hexagonales, una explosión de color y forma típica del barroco.
La torre es quizás el elemento más emblemático. Aunque su planta rectangular delata su origen en el siglo XIV, lo que hoy domina el perfil de Villafranca es su campanario renacentista, al que se accede por una escalera de caracol de piedra oculta en el lateral, como una columna vertebral secreta que une el pasado con el presente.
Un patrimonio rescatado por sus vecinos
Lo que vemos hoy luce espléndido gracias a una intervención reciente y muy especial. Entre 2013 y 2014, no fue una gran empresa externa, sino un taller de empleo impulsado por el propio Ayuntamiento el que devolvió la vida al conjunto. Fueron manos locales las que limpiaron los paramentos y recuperaron los detalles perdidos, convirtiendo la restauración en un acto de orgullo comunitario.


